Elogio a quienes nos sostuvieron sin pedir nada a cambio

Sobre Los ingratos (Pedro Simón, 2021)
Escrita desde la mirada de la infancia, y desde aquella infancia española de los años setenta y ochenta, Los ingratos es una novela sobre la memoria, el desarraigo y el agradecimiento tardío hacia quienes nos sostuvieron sin pedir nada a cambio. Retrata el paso del pueblo a la ciudad, el cambio de una España a otra y esa mezcla de ternura y culpa con la que muchos adultos miran hoy a quienes les cuidaron en silencio.
Quienes vivieron su infancia en los años setenta y ochenta conectarán de una manera especial con esta novela, porque hay en ella una nostalgia muy reconocible. Pero la novela funciona también más allá de esa memoria generacional, porque habla de algo universal: de cómo se vive el mundo desde la infancia. Además, sorprende cómo, sobre un ritmo lento y evocador, la novela va tomando cuerpo narrativo y profundidad emocional.
Es especialmente bonita la forma en que aborda algunos aspectos del desarrollo infantil —la encopresis y su función, el descubrimiento natural de la sexualidad, el reconocimiento de la alteridad— desde una mirada delicada y nada impostada. Y, sobre todo, conmueve la figura de esa mujer de pueblo que cuida en silencio, víctima de una crueldad social normalizada, y cómo solo más tarde, ya adultos, aprendemos a mirar atrás con conciencia, ternura y agradecimiento.
Nostalgia
“El ultramarinos era un tendero de colores. El rojo de los pimientos colgados a secar. El añil de las cajas ordenadas. El verde de los bidones de aceitunas. Pero también era un inventario de olores. A especias, a ahumados, a pan recién hecho, a aceite, a escabeche, a humedad. Ahora sé que más que el olor del ultramarinos, me terminó gustando el recuerdo de su olor. Cerrar los ojos e imaginarme allí dentro. Un lugar seguro en la infancia. Pero también una puerta a otro mundo”.
Homenaje
“Éramos los hijos de los que se fueron o de los que se estaban yendo. O de los que soñaban con hacerlo… Los hijos de esa clase media, intercambiable, corriente, emprendedora a su manera”.
“Veníamos de la España que escuchaba un serial radiofónico. Íbamos hacia esa España que se sentaba a mirar una pantalla. Todavía una sola pantalla. Todavía juntos”.
El pueblo
“Si te vas de ese lugar que acabas de conquistar, si abandonas esa patria con unas fronteras que has pintado tú a mano, digo, entonces estás perdido. Fue justo en aquellos años”.
La ciudad
“Si hay algo que cambió desde el primer momento fue la luz.
En el pueblo estaban los cielos con la espuma de afeitar en las nubes, aquel horizonte que se ponía del color de la arcilla, las paredes de cal que te hacían cerrar los ojos, el morado del azafrán compitiendo con el rojo de las amapolas.
En la ciudad estaban el gotelé blanco, el cemento, el ladrillo y el reflejo mortecino del televisor”.
Ingratitud
“Los padres te llevan como si fueras parte de ellos mismos. Te dicen que todo es por ti, hijo. que todo lo que hacen es por ti. Y te cortan por la raíz lo mismo que un bonsáis. Por eso creces mal. Y luego te llenas de bichos”.
El que no podía faltar
“Mi tío Jorge, que vivía en Madrid, era testigo de Jehová y esquizofrénico”.
Gratitud
“Donde antes había una banco en la plaza, ahora hay un quiosco como los que entonces solo podías ver en la ciudad. En la portada de una revista anuncian un reportaje sobre las “mujeres urbanas que rompen moldes”, eso pone. No sé tú, Eme, pero yo siempre me pregunto por qué nadie escribe de las rurales que os dedicasteis a pegar los pedazos”
“Lo malo es que soy un círculo… Pienso en mis curvas, en por qué unos nacen cuadrados y otros nacemos círculos. Pienso que si Dios no es más que un profesor de geometría, entonces tendría que ser un poco menos despistado el tío cuando coge la varita y se pone a formar las familias”.
“Qué pasada no crecer, pienso a veces. Quedamos los cuatro en torno a aquel tablero de los sábados con un bol de palomitas… A los ocho años quieres no salir de allí. A los doce o así tu propio cuerpo te derrama al mundo igual que el caramelo líquido. A los trece te salen granos en la nariz o en la frente, tienes un pelo que no te gusta: las que lo tienen rizado lo quieren tener liso, las que lo tenemos liso lo queremos tener rizado. Estás alejada todo el día con el móvil con catorce. Las caderas se empiezan a expandir como si te metieras cosas en los bolsillos. No tienes tetas o tienes demasiadas…”.
“No hace falta que tu padre te maltrate (es un suponer), ni que te deje el novio (no tengo), no que se rían de ti en el instituto porque seas gorda o ridícula (no es así), no hace falta nada de eso para que a veces te sientas en el infierno. Es suficiente con que te imagines a los otros mucho mejor que tú, con que te los imagines felices y guapos y durmiendo bien y bailando y sin el nudo que sientes dentro…”.
“Las madres viven con el flemón de la culpa. Las madres casi siempre más que los padres. Culpa de parirlos o de no parirlos. De no haberlos estimulado lo suficiente ya en el embarazo, o de haberlos estimulado demasiado. De darles el biberón en vez del pecho. Culpa de pasarte o de no llegar, de castigarles o de no hacerlo. Culpa de estar trabajando tantas horas o de que vean que su madre ha claudicado al fin en el mundo laboral reduciendo su jornada. Culpa de que el hijo sienta culpa o de que casi nunca la sienta. Culpa de dejarles hecha la comida (para que tengan más tiempo para el estudio) o de no hacérsela (para que aprendan)”,
“¿Pero quién comprende a los que tienen que tratar de comprender a los demás?”.
Y, además de estas descripciones de vivencias con las que todos podemos identificarnos, Pedro Simón nos regala una historia que sostiene y da sentido a todo lo anterior: dura, bonita, dolorosa y luminosa. Adopción y muerte, abusos y trauma, carencia afectiva y construcción de la personalidad, culpa y perdón, distancia y reencuentro, gratitud y amor.
Publicado originalmente en Blogspot el 21 de mayo de 2026

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