La vida que desgarra y reorganiza

Cinco lobitos (Alauda Ruiz de Azúa, 2022) explora esos acontecimientos universales que irrumpen en la vida familiar, desbordan y desafían sus equilibrios previos.
Tras el contundente éxito de Los domingos (2025), merece la pena revisitar la ópera prima de Alauda Ruiz de Azúa: ayuda a entender mejor Los domingos y lo que la directora tiene en la cabeza. Del mismo modo que Los domingos gira en torno a la vocación religiosa, pero lo central no es la religión sino la familia, Cinco lobitos gira en torno a la maternidad, pero lo central no es el ser madre sino el sistema familiar. Veamos.
Duele dar a luz, la vida irrumpe, rasga y desgarra. El niño, la nueva vida, es como un agujero negro que absorbe toda la energía y desplaza el centro de gravedad de la existencia: todo pasa a girar alrededor de él. Todo lo demás —el trabajo, lo que sea— pasa a ser secundario, o relativo. O, quizá, adquiere su verdadera importancia.
Es alegría y dolor, y el dolor no quita la alegría. Madre e hija a la vez. «Cada día un poquito mejor, ¿vale?». Y cuando los abuelos se van, se quedan solos, con su impotencia. Porque la madre, la mujer —en realidad, cualquiera—, al tener un hijo, solo puede sentir impotencia: la vida escapa a todo tipo de control. Solo podemos intentar canalizarla un poco, pero no controlarla propiamente; cualquier sensación de control es más una ilusión que una realidad. Y llora. «La que está cansada soy yo, la que se levanta soy yo…». Emociones y tensiones de la normalidad, sin necesidad de especiales psicopatologías.
Pero Cinco lobitos no va sobre la lactancia ni sencillamente sobre la maternidad: va sobre la familia. Amaia y Javi, padres jóvenes, parecen hablar lenguajes distintos; se palpa la tensión. Uno podría pensar que él es muy torpe o que ella es muy rígida… pero no es eso. Por supuesto, cuando alguno de los dos está especialmente descentrado en la vida, el naufragio está garantizado. Lo que muestra Cinco lobitos es una transición de ciclo vital con la consiguiente reorganización del sistema familiar, que conlleva tensión en todos los casos.
La tensión es una fuerza inherente al ciclo vital, que puede destrozar y romper, o cuestionar, pulir y ayudar a crecer.
La conciliación. Me acaban de llamar de la compañía, ofreciéndome un trabajo… «¿Para cuándo?». «Para ya». «Quiero que te quedes, ya está. ¿Podemos hablarlo mañana? Quiero que te quedes». Una vida en camisón. Parece un sino, un destino en el que hundirse juntos sin remedio. Pero es solo un túnel, un túnel que atraviesa la montaña y nos transporta a otro valle; un túnel en el que es mejor entrar juntos, sin duda, pero en el que no hay que quedarse. Las lecturas son diversas y no hay una sola respuesta; quizá eso caracteriza al buen cine, también al de Alauda Ruiz de Azúa. Unos dirán que Javi es un desconsiderado, o que el sistema es cruel con los autónomos; quizá suceda que Amaia está, de alguna manera, reproduciendo el modo de hacer de generaciones anteriores y que, en los tiempos que corren, sabiendo inglés como sabe, eso genera aún más tensión. Y es que, junto con el elemento crítico, Cinco lobitos es un elogio del cuidado, de la madre, del matriarcado, a la vez que reconoce sus esclavitudes y sus riesgos.
Los nuevos padres, con sus tensiones, no están solos: les ayudan los abuelos, los padres de ella, vascos, por cierto, con esa expresión emocional propia de una cultura y de una generación, que es a la vez un poco caricatura y un arquetipo. Los abuelos tienen cada uno su carácter, su historia, sus necesidades, sus deseos y sus sueños. El foco se desplaza por un momento, para volver después, o quizá para ofrecer un contexto más amplio, un contexto que siempre está ahí: un contexto universal.
Cada miembro de la familia tiene su espacio, su lugar, su posición. Los cambios vitales afectan a la posición de cada uno en el sistema, y también se reflejan en la materialidad de los espacios de la casa. Cuando nace la niña, los abuelos se desplazan al pequeño domicilio de la joven pareja y duermen en el sofá cama. Cuando los jóvenes van a casa de los mayores, ella duerme en la que fue su cama de niña y él, en un colchón en el suelo. Un juego de espacios y posiciones.
«No sé qué estoy haciendo… Qué puta mierda de vida, qué puta mierda…». La abuela, serena: «Todas esas vidas que no vives, siempre perfectas, ideales… En algún momento hay que vivir la vida que te ha tocado… Lo que me recuerda que alguien tiene que hacer la comida». «Aita, por favor, mira a Ione». «Amaia, está llorando la niña». Pero el llanto ha perdido protagonismo; ha pasado a ser un ruido de fondo intermitente. El centro empieza a desplazarse. Amaia pasa a ser protagonista en la casa, cambia de posición, aparecen otros cuidados. Madura. «Lo estás haciendo muy bien, hija… Mírala… Qué mayor». Y es que tomar la decisión de cuidar no quiere decir que el cuidado deje de ser un peso; la decisión no lo edulcora ni soluciona los problemas. Pero supone una vuelta de tuerca, otro asumir, otro aceptar. Y cuando hay amor en el dolor, aunque este sigue pesando, también alegra, llena y expande.
Y entonces, otro acontecimiento irrumpe, como otro parto, esta vez en forma de enfermedad grave y mortal. La enfermedad también desafía el equilibrio y configura, necesariamente, otro equilibrio. Exige un movimiento en los miembros del sistema, que ya estaban de por sí moviéndose y en tensión. Y lo que podría ser una catástrofe es, más bien, una catarsis. Lo que era distancia se transforma en cercanía; en afecto, a su manera; en gratitud, en perdón.
Me quedo con la abuela reclamando la mano del abuelo desde la camilla, antes de entrar en una prueba. La abuela enferma. Y el abuelo, que quizá no estuvo —o no de la manera en que habría sido deseable—, ahora está, cuida. Se produce un movimiento de roles, como el de la hija que pasa a ser madre, y el de la hija ya madre que comienza a cuidar de la abuela. Con la enfermedad, se reorganiza un sistema familiar que se estaba atascando, y el abuelo recupera un protagonismo en la familia que quizá había ido perdiendo. «Cuando yo me muera… ¿qué vas a hacer con tu padre?».

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