Cada médico tiene su cementerio: la segunda víctima

Errores médicos, desgaste profesional y sistema sanitario en La otra víctima (2025)
La película danesa Det andet offer (2025), traducida como La otra víctima, remite en realidad al concepto bien conocido en el ámbito sanitario de la “segunda víctima”, el profesional implicado en un evento adverso; quizá ese habría sido un título más preciso —la traducción directa—, aunque el elegido funciona.
“Perdón”… “Qué manía con pedir perdón cuando uno no ha hecho nada”… “Lo siento”… “Esto es el colmo”. En apenas unos minutos, la película introduce el lenguaje cotidiano del hospital: disculpas, tensión, cansancio y pequeños roces que parecen triviales, pero que anticipan el conflicto. La médico adjunta, determinada y segura, la primera semana de una médico joven; el especialista veterano en retaguardia, el equipo, el cambio de turno. “Habréis notado que C. está de baja… no tenemos a nadie que lo reemplace como adjunto de triaje esta mañana. ¿Alguien puede coger el turno?” “He estado toda la noche…”. “Tenemos un turno complicado”. “¿Estáis considerando contratar a otro especialista?”. “¿Qué le sucedió?”. “No supo aguantar la presión; se presentó una queja contra él y no pudo…”. Finalmente, Alex da un paso al frente: “Yo me encargo”. Trombólisis y triaje a la vez. “¿No será mucho?”. “Estaré bien”. En apenas unos minutos queda dibujado el escenario: un hospital donde las decisiones clínicas se toman sobre un fondo de escasez, cansancio, responsabilidad y una presión asistencial que ya ha dejado víctimas antes incluso de que empiece la historia principal.
Ambientada en un servicio de urgencias bien recreado: urgencias neurológicas, trombólisis e ictus, toma de decisiones, decidir entre tratar o ampliar estudios, comunicación con familiares, turnos doblados y bajas, adjuntos y residentes, responsabilidad y supervisión. La película muestra con sobriedad cómo se toman decisiones en la incertidumbre y cómo estas son reevaluadas a posteriori bajo el peso del resultado.
Alex, neuróloga en urgencias, encarna con fuerza la vivencia de la segunda víctima: esa oscilación incómoda entre sentirse culpable, asumir la propia responsabilidad o desplazarla, la dificultad de sostener lo ocurrido sin quebrarse y la tentación casi instintiva de echar balones fuera.
Hay un momento en que la película parece atropellarse, como si se saltara pasos del proceso; al principio desconcierta, pero acaba teniendo algo de intencionado y, sobre todo, de verdadero: la práctica real no es limpia ni ordenada, no sigue una secuencia pedagógica, sino que avanza a trompicones. Están muy bien recogidas las reacciones iniciales, comprensibles aunque a veces añadan error al error, y también el movimiento posterior de reflexión y reconocimiento, la necesidad de pedir perdón o de ser perdonado, y, en el fondo, de reconciliarse con la verdad, incluso cuando es incómoda o duele.
En los tiempos que corren, con un sistema sanitario sometido a una presión creciente y con noticias frecuentes sobre la saturación asistencial, médicos quemados, problemas de salud mental o profesionales que abandonan la profesión, esta película resulta especialmente oportuna. Hay maneras de ejercer la medicina que favorecen el desgaste y facilitan o precipitan los errores. Al mismo tiempo, los médicos nos formamos precisamente para trabajar bajo presión; forma parte de la profesión. También hay errores —y, sobre todo, desenlaces adversos— con los que hay que aprender a convivir. Pero conviene diferenciar unas cosas de otras. No todo resultado desfavorable es un error, y no todo error es únicamente responsabilidad de una persona: muchos forman parte también del funcionamiento del sistema. Lo decisivo no es negar u ocultar los errores, sino reconocerlos, analizarlos y aprender de ellos, tanto para mejorar la organización como para acompañar el proceso interior de quienes se convierten en segundas víctimas.
Bien actuada y bien narrada, con una fotografía que destaca especialmente en esas paredes coloridas de las estancias secundarias, en los pasillos y en las escaleras internas del hospital, que dan vida y cierto ánimo frente a la frialdad y la asepsia. Özlem Saglanmak está muy bien, con ese ritmo enérgico y determinado que tarda en resquebrajarse, y le acompaña Trine Dyrholm, siempre solvente, en ese registro de madre que sufre, desconcertada y desolada.

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