La herencia de las reynas

Isabel la católica (1451-1504) y Juana la loca (1479-1555): dos reinas, madre e hija, dos maneras de vivir el poder, la maternidad y el destino. Una única herencia, sólida, arraigada, que abre una nueva etapa y cambia la historia


Isabel construye una herencia política extraordinaria; Juana recibe esa herencia en circunstancias muy distintas, no puede desarrollarla como reina, pero acaba transmitiéndola a una generación que cambiará nuevamente la historia. Y entre ambas hay algo más profundo que una sucesión: son madre e hija, y cada una ayuda a explicar a la otra.

Comparto algunas reflexiones al hilo de la lectura, este verano, de estos cuatro libros: de Isabel I, Reina, de Luis Suárez; Yo, Isabel, de César Vidal; Fernando el Católico, de Henry Kamen; y Juana la loca, la cautiva de Tordesillas, de Manuel Fernández Álvarez. No soy historiador, soy simplemente un lector curioso, que relaciona, compara perspectivas y trata de comprender cómo las decisiones, los caracteres, las relaciones familiares y las circunstancias fueron dando forma a una parte decisiva de nuestra historia.

Isabel, la reina

Isabel de Castilla nos interesa a todos por distintos motivos. Los Reyes Católicos protagonizan uno de esos momentos de la historia de España a los que volvemos una y otra vez. En realidad, nada surge de la nada y lo que sucede durante su reinado venía gestándose desde tiempo atrás. Es indudable que con Isabel confluyen varios puntos de inflexión que ayudan a comprender el devenir de España. Nos interesan la paz, la articulación política de la Península, la expansión ultramarina, el comercio, el desarrollo económico, la justicia y, por supuesto, la fe y la religión: la unidad religiosa, la presencia de judíos y musulmanes o la Inquisición. Todo ello convierte su reinado en un periodo especialmente atractivo.

Isabel nace en 1451, hija de Juan II de Castilla y de Isabel de Portugal. Al nacer, está por detrás en la línea sucesoria tras su hermanastro Enrique y los futuros hijos que este pudiera tener. En 1453 nace su hermano Alfonso que, por ser varón, pasa también a precederla en la sucesión. Juan II fallece en 1454 y le sucede Enrique IV. Durante años Enrique no tiene descendencia, hasta el nacimiento de Juana, «la Beltraneja», en 1462, cuya legitimidad será discutida por muchos. Isabel contrae matrimonio con Fernando de Aragón en 1469, cuando ella tenía 18 años y él 17. A la muerte de Enrique IV, en 1474, Isabel se autoproclama reina de Castilla en Segovia. Inmediatamente después de su proclamación, y en el contexto de una crisis sucesoria que ya venía gestándose desde años atrás, estalla la Guerra de Sucesión Castellana. Fernando hereda la Corona de Aragón en 1479, al fallecer su padre, Juan II de Aragón. A partir de entonces, ambos gobiernan conjuntamente como titulares de sus respectivas Coronas.

La rápida autoproclamación como reina de Isabel tras el fallecimiento de su hermanastro Enrique IV… “fue obviamente un intento de golpe de estado, dado que contravenía los expresos deseos de Enrique IV y también ignoraba los derechos reconocidos de la legítima heredera al trono, Juana. En definitiva, fue una declaración contra la heredera legal, contra la madre de Juana (Juana de Portugal) y contra todos los nobles que se habían señalado como seguidores de Enrique. Aunque no hubo tiempo para consultar con Fernando dicha acción, Isabel debió de haber recibido la aprobación de los consejeros de la Corona de Aragón”. (Henry Kamen).

“Fernando e Isabel fueron en casi todos los sentidos los últimos gobernantes medievales de España. como reyes medievales, administraron personalmente sus reinos, dispensaron justicia e hicieron la guerra. No hubo un acto relevante y decisivo de su reinado en el que procedieran delegando su autoridad. Su ubicuidad era la razón del respeto que se les tenía y de la autoridad que acumulaban”. (Henry Kamen)

De la mano de Luis Suárez me detengo también en la personalidad de Isabel. Hay que destacar su inteligencia y sensibilidad, su profunda piedad y un acusado sentido de la justicia, rasgos que parecen explicar muchas de sus decisiones políticas. Llama igualmente la atención la forma de gobernar junto a Fernando. Aunque cada uno conservó la titularidad de su propia Corona, ambos ejercieron el poder de manera extraordinariamente coordinada, ofreciendo una imagen de unidad poco frecuente en su tiempo. Resulta una forma de gobierno sorprendente, basada más en la colaboración que en la subordinación de uno al otro, y quizá por eso mismo tan difícilmente repetible. Esta manera de gobernar responde, probablemente, tanto a una notable inteligencia política como a virtudes personales —humildad, espíritu de servicio y sentido de la responsabilidad— que hacen de Isabel una figura especialmente atractiva.

El proyecto de Isabel y Fernando

El proyecto político de Isabel y Fernando no puede entenderse sin la dimensión de fe y la religión. La guerra de Granada, la preocupación por la presencia de un reino musulmán, de una importante comunidad judía y de los conversos, o incluso la política exterior, aparecen como partes de un mismo ideal de unidad del reino. Para los Reyes Católicos, la unidad religiosa no era un objetivo secundario, sino uno de los principales servicios que podían prestar tanto a la Iglesia como a sus reinos. Desde esa convicción se explican decisiones que hoy resultan difíciles de comprender y que solo pueden valorarse adecuadamente si se leen desde la mentalidad religiosa y política del siglo XV.

La expulsión de los judíos es quizá una de las decisiones más difíciles del reinado. Se insiste en que pagaron justos por pecadores, pero también en que los Reyes Católicos llegaron a la convicción de que la convivencia se había vuelto cada vez más conflictiva y que era necesario evitar nuevos enfrentamientos. En ese contexto se sitúan el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués, que conmocionó profundamente al reino, y el proceso del llamado Santo Niño de La Guardia, interpretado entonces como un crimen de enorme gravedad, aunque hoy sea objeto de debate histórico. A ello se unía la firme convicción de Isabel de que la fortaleza de la fe cristiana y la unidad religiosa constituían un bien esencial para sus reinos. Desde esa mentalidad —difícil de comprender desde nuestra sensibilidad actual—, la expulsión se presenta como una decisión política y religiosa orientada a preservar la paz del reino y la unidad de la Cristiandad, respetando al mismo tiempo la libertad de quienes optaban por mantener su fe abandonando los territorios de la Corona.

El reinado de Isabel y Fernando fue mucho más que una sucesión de éxitos militares o políticos. Su proyecto abarcó la unidad política, la pacificación del reino, la consolidación de la fe cristiana, el desarrollo económico, la reforma de la Iglesia, una clara preocupación por la educación y la cultura —impulsando universidades y apoyando figuras como el cardenal Cisneros— y la apertura a la expansión ultramarina. Da la sensación de un proyecto de gobierno amplio y coherente, orientado a fortalecer el reino en todos sus ámbitos.

A la vez, en lo que respecta a la religión, “como en el resto de Europa, España era teóricamente católica en sus creencias religiosas. Pero la gente no estaba en absoluto instruida en cuestiones religiosas, la práctica diaria de la fe era primitiva y el clero era ignorante. La situación no cambió durante el reinado de Fernando e Isabel, que dedicaron su atención menos a los asuntos de educación religiosa que a los comportamientos políticos del alto clero”, a la reforma de la disciplina de la Iglesia (Henry Kamen).

La herencia de Isabel y Fernando

Los hijos de Isabel y Fernando no estaban llamados únicamente a asegurar la sucesión de Castilla y Aragón, sino también a configurar el mapa político de la Europa de su tiempo. El príncipe Juan debía consolidar la unión de las Coronas; Isabel y María reforzaron sucesivamente la alianza con Portugal mediante su matrimonio con Manuel I; Juana, al casarse con Felipe el Hermoso, abrió el camino a la llegada de la casa de Habsburgo y al reinado de Carlos I; y Catalina, reina de Inglaterra, acabaría viéndose envuelta, muy a su pesar, en el origen del cisma anglicano. La temprana muerte de varios de ellos alteró profundamente esos planes, pero la política matrimonial de los Reyes Católicos terminó ejerciendo una influencia extraordinaria en el destino de Europa.

De todos modos, la sucesión de los Reyes Católicos estuvo marcada por una extraordinaria cadena de desgracias familiares. El heredero era el príncipe Juan, único hijo varón, llamado a heredar conjuntamente las Coronas de Castilla y Aragón, pero murió prematuramente en 1497. La sucesión pasó entonces a la infanta Isabel, que falleció al año siguiente tras dar a luz a su hijo Miguel de la Paz. El pequeño Miguel, heredero de Castilla, Aragón y Portugal, murió también siendo un niño, en 1500. La Corona recayó finalmente en Juana, casada con Felipe el Hermoso. A la muerte de Isabel, en 1504, Juana fue la reina legítima de Castilla, pero su enfermedad mental impidió que ejerciera efectivamente el gobierno. Tras la muerte de Felipe en 1506, Fernando regresó a Castilla y asumió de nuevo la regencia hasta su fallecimiento, en 1516. A su muerte, la sucesión efectiva pasó a su nieto Carlos I, quien heredó no solo la obra política de los Reyes Católicos, sino también los extensos dominios de la Casa de Habsburgo, inaugurando una nueva etapa en la historia de España y de Europa.

Isabel y Fernando forman, políticamente, un matrimonio extraordinariamente exitoso: consolidan sus respectivas Coronas, terminan la guerra sucesoria, conquistan Granada, proyectan su poder hacia Europa y el Atlántico y ponen en marcha transformaciones que tendrán consecuencias enormes para las Españas. Pero, en el ámbito familiar, el resultado es casi trágico: el heredero Juan muere joven; Isabel muere después de dar a luz; Miguel muere siendo niño; Juana queda apartada por su enfermedad y su matrimonio con Felipe termina también de manera prematura. Y tampoco parece que los matrimonios de sus hijos respondieran siempre a las expectativas que habían depositado en ellos.

Los hijos de Juana y Felipe, precisamente de la hija que acabó siendo considerada «la loca» y del matrimonio que tantos problemas produjo, son los que finalmente continúan la dinastía con enorme éxito. Carlos será rey de Castilla y Aragón y emperador; Fernando será emperador después de él; Leonor, María y Catalina desempeñarán también papeles importantes en las alianzas europeas. Es casi como si la extraordinaria inteligencia política de Isabel y Fernando hubiera acertado en todo a escala de reino y de Europa, pero no hubiera podido controlar el azar, la muerte y las relaciones humanas dentro de su propia familia. Los Reyes Católicos acertaron en su proyecto político y, sin embargo, la sucesión que imaginaron salió de otra manera: no por sus hijos, sino por los hijos de Juana. Ahí hay una de esas paradojas que hacen que la historia resulte mucho más interesante que cualquier plan perfectamente diseñado.

Juana “la loca”

Juana quizá fue la más bella de las hijas de Isabel, aunque la relación entre las hermanas parece haber sido distinta según sus edades y circunstancias. Isabel, la primogénita, era bastante mayor; María, Catalina y Juana estaban más próximas entre sí, mientras que Juan, el único varón, ocupaba un lugar especial como heredero. Puede llamar la atención la aparente contradicción entre la defensa que Isabel hizo de su propio derecho a elegir marido y la política matrimonial que siguió con sus hijos: concertó sus matrimonios atendiendo a claros intereses políticos, algo que formaba parte de la lógica de las monarquías de la época. También impresiona la figura de Isabel como madre: una mujer extraordinariamente activa y presente en el gobierno, pero que, precisamente por ello, quizá estuvo bastante ausente de la educación cotidiana de sus hijos. Probablemente no podía ser de otra manera, aunque resulta interesante pensar en lo que pudo significar para ellos crecer con una madre tan excepcional y, al mismo tiempo, tan ocupada en las responsabilidades del reino.

Resulta llamativo el comienzo de su matrimonio con Felipe, marcado por un fuerte deseo mutuo, que posteriormente se ha relacionado con la intensa sexualidad atribuida a Juana y con su evolución psicológica, aunque habrá que valorar el fundamento de esta interpretación. Más allá de ello, me interesa pensar en la presión de las expectativas sobre ella y en la paradoja de una vida en la que prácticamente todo estaba decidido de antemano —con quién casarse, dónde vivir, qué papel desempeñar— y en la que apenas quedaba espacio para elegir el propio camino.

De hecho, entre los posibles factores que pudieron influir en el desequilibrio de Juana es fácil pensar en el profundo desarraigo que experimentó desde muy joven. Marchó a los Países Bajos con apenas quince años, alejándose de su tierra, de su familia y de todo lo que le era conocido, para integrarse en una corte y una familia ajenas, con intereses políticos que no siempre coincidían con los suyos ni con los de Castilla. A los dieciocho años ya llegan noticias de alteraciones en su conducta; un enviado de Castilla la encuentra embarazada, físicamente fuerte, pero después de haber atravesado un periodo de tristeza que le recrimina. Resulta difícil no pensar en lo que pudo suponer para una muchacha tan joven semejante desarraigo, un matrimonio complejo y una vida enteramente condicionada por intereses dinásticos.

A ello se añadieron las tensiones políticas con Felipe y con la casa de Flandes. Juana mostró carácter y firmeza en algunas decisiones, como cuando se opuso a casar a su hijo Carlos con Claudia de Francia para aproximarse a la Corona francesa. Parece conservar, además, una relación ambivalente con Castilla y con su propia familia: cierto enfado o resentimiento por el modo en que habían organizado su vida, pero al mismo tiempo una fuerte vinculación con su tierra y con muchas de las convicciones de su madre, incluida la desconfianza hacia Francia. Es interesante, por tanto, prestar atención a esa especie de relación de amor y rechazo hacia Isabel: Juana parece distanciarse de la madre que decidió buena parte de su destino, pero a la vez conservar muchos de sus rasgos, intereses y convicciones.

La muerte del príncipe Miguel, en 1500, cambia de nuevo el panorama sucesorio: Juana y Felipe el Hermoso pasan a ser los herederos de Castilla y Aragón. Cuando muere Isabel en 1504, Juana se convierte en reina de Castilla. Sin embargo, Isabel había previsto en su testamento que, en caso de incapacidad de su hija, la regencia correspondiera a Fernando y no a Felipe. De este modo, la enfermedad de Juana se convierte también en una cuestión política, porque Fernando y Felipe se disputan el control del reino. Juana queda en medio de esta pugna entre su padre y su marido. Incluso parece que Fernando llegó a utilizar una carta de Juana para justificar la cesión de la regencia, aunque la autenticidad o las circunstancias de ese documento han sido discutidas.

En 1506 Felipe consigue imponerse y hace una entrada triunfal en Valladolid, pero muere ese mismo año, dejando a Juana viuda con apenas veintiséis años. A partir de entonces se produce un empeoramiento muy marcado de su estado. Embarazada de Catalina, Juana se niega a separarse del cuerpo de su marido y emprende un largo desplazamiento con el cortejo fúnebre, llevando consigo el féretro sin enterrar, hasta llegar finalmente a Tordesillas. Este episodio, especialmente llamativo, muestra que su comportamiento ya no puede entenderse únicamente desde la pugna política: había un sufrimiento psíquico importante, aunque resulte difícil determinar hoy su naturaleza exacta.

Desde 1509 Juana queda recluida en Tordesillas, en el conjunto palaciego situado junto al convento de Santa Clara. Allí pasará el resto de su vida, con distintos custodios y bajo un control que no siempre parece responder únicamente a su enfermedad. Es significativo que, años después, Carlos decida reinar manteniendo formalmente a su madre como reina, en una fórmula insólita de madre e hijo. Carlos era todavía muy joven cuando comenzó a gobernar, pero la condición de reina de Juana nunca quedó jurídicamente anulada. Incluso durante el movimiento comunero de 1520, cuando los sublevados la liberan de hecho, Juana no firma ningún documento que perjudique los derechos de su hijo y permita apartarlo del trono. Su silencio y su negativa a asumir el gobierno resultan, por ello, difíciles de interpretar simplemente como incapacidad.

En Juana vuelve a aparecer el paralelismo con su abuela Isabel de Portugal: ambas terminarán recluidas, la abuela en Arévalo y Juana en Tordesillas, aunque probablemente por enfermedades y circunstancias diferentes.

La vida de Juana en Tordesillas estuvo marcada por la soledad, el aislamiento y también por la pérdida. La marcha de su hija Catalina, cuyo matrimonio en Portugal había organizado Carlos, supuso para ella un nuevo desgarro y acentuó su soledad. También se ha planteado la posible influencia de Germana de Foix, segunda esposa de Fernando, en el mantenimiento de la reclusión de Juana, aunque este punto debe tomarse con cautela. Durante esos años aparecen además testimonios contradictorios sobre su religiosidad: se ha hablado incluso de indiferencia o de conductas irreverentes, pero también hay que tener en cuenta que muchas personas podían aprovecharse de su situación y ridiculizarla o abusar de ella precisamente por su enfermedad o por la imagen de «loca» que se había construido a su alrededor.

Resulta difícil aventurar qué tipo de enfermedad mental o de inestabilidad emocional pudo padecer Juana, y sería arriesgado hacer un diagnóstico retrospectivo. Lo que sí parece razonable es pensar que en su vida confluyeron múltiples factores de vulnerabilidad —una posible predisposición familiar, el desarraigo, las pérdidas, las enormes expectativas externas, los conflictos afectivos y políticos y la falta de control sobre su propia vida—, al mismo tiempo que su posible incapacidad podía resultar conveniente para quienes se disputaban el poder. Quizá no haya que elegir entre enfermedad y utilización política: una inestabilidad real pudo verse agravada por un entorno que la señalaba, limitaba y, en ocasiones, podía aprovecharse de ella, en una dinámica que terminara reforzando tanto su sufrimiento como la imagen de su incapacidad.

En sus últimos años aparece la figura de san Francisco de Borja, que parece acercarse a Juana con una actitud distinta, más comprensiva y humana. Algunos relatos han interpretado su intervención como una especie de curación milagrosa, pero quizá resulte más interesante pensar en qué pudo significar para una mujer que llevaba décadas viviendo en el aislamiento encontrar finalmente afecto, comprensión y respeto. Más que una supuesta curación de la «locura», el episodio invita a preguntarse cuánto había en el sufrimiento de Juana de enfermedad y cuánto podía verse agravado por el desarraigo, la soledad y la falta de afecto. La frase que se le atribuye al final de su vida, «Jesucristo crucificado sea conmigo», parece cerrar de manera muy expresiva una existencia marcada por la enfermedad, la pérdida y el aislamiento.

Isabel y Juana: madre e hija

En Isabel y Juana se cruzan de manera muy distinta los dos papeles que les tocó desempeñar: el de reina y el de madre. Isabel parece alcanzar una extraordinaria plenitud en su papel político: gobierna, toma decisiones, organiza alianzas y matrimonios y participa activamente en la construcción de un proyecto que tendrá enormes consecuencias para las Españas y para Europa. Como madre, sin embargo, su historia es mucho más dolorosa: su experiencia familiar está marcada por las decisiones dinásticas y, finalmente, por la muerte prematura de varios de sus hijos, sin que ninguno llegue a cumplir plenamente las expectativas sucesorias depositadas en ellos. Es llamativo que una mujer tan capaz de ordenar y conducir la vida política tuviera tan poco poder sobre aquello que sucedía dentro de su propia familia. Juana, en cambio, fracasa o queda apartada como reina, pero su vida como madre adquiere una intensidad extraordinaria, hasta el punto de que sus hijos acabarán siendo quienes den continuidad y grandeza a la dinastía.

Juana representa así, en cierto modo, el reverso de esa historia. Considerada incapaz para reinar y apartada del poder, su vida queda marcada por el sufrimiento, el desarraigo, la enfermedad y, finalmente, la reclusión. Sin embargo, la historia hará que sea precisamente ella quien conserve y transmita, a través de sus hijos, una herencia que parecía destinada a perderse con la muerte prematura de sus hermanos. Carlos y sus hermanos darán continuidad a la dinastía y llevarán el legado de los Reyes Católicos a una nueva dimensión europea. Hay aquí una paradoja que me resulta especialmente sugerente: quienes habían sido llamados a continuar directamente la obra de Isabel y Fernando fueron desapareciendo, mientras que la hija considerada incapaz acabó siendo el vínculo por el que aquella herencia llegó a una nueva generación. La historia vuelve así a recordarnos que el poder puede organizar muchas cosas, pero no puede controlar la muerte, los afectos ni el destino.

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