La verdad en el hijo y en la escritura

Mortal y rosa (Francisco Umbral, 1975), un libro nacido de la experiencia de la paternidad y atravesado por la pérdida, pero que va mucho más allá del relato de una muerte: una mirada desgarrada sobre la vida, el dolor, la inocencia y el amor.


Tenemos grabado en la memoria aquel bochornoso «Yo he venido a hablar de mi libro», en entrevista con Mercedes Milá, quizá una máscara de insolencia tras la que se escondía un articulista extraordinario con una dura historia personal: hijo de madre soltera en una época en que eso suponía un estigma, con sus orígenes familiares ocultos y una escolarización tardía. Y después, la muerte de su hijo Pincho, de leucemia, en 1974, cuando solo tenía cinco años y Umbral, cuarenta y dos.

Mortal y rosa es el ejercicio al que se sujeta Umbral para dar continuidad y sentido a la vida: ese sentido que no reconoce y que, sin embargo, describe de manera sublime. Umbral reflexiona sobre la vejez y la infancia, la vida y la enfermedad, el sexo y la cultura, pero también sobre la literatura como forma de ordenar la existencia, dar continuidad a los días y sostenerse frente al sinsentido. En el centro está el niño: su inocencia, su pureza, su capacidad de llenar de luz el mundo y de revelar el carácter sagrado de la vida.

Comparto a continuación algunas citas, para paladear.

“A lo mejor me compro un cucurucho de castañas, y el papel de periódico se calienta en mis manos con el calor de las castañas, y la tipografía atrasada y mentirosa se recrudece, y todo ello me huele a tinta impresa, que es al fin y a cabo el olor de mi vida, de mi trabajo, y las castañas me huelen a infancia, que es mi única verdad”.

La fragilidad de estar vivos

“Cuando me arranco en el bosque de los sueños, a la selva oscura del dormir, y me cobro a mí mismo, me voy lentamente completando. Porque he dejado de interesarme por mis sueños. A la mierda con Freud”.

“El niño pasa del suelo a la vigilia dentro de una misma palabra, sin ruptura, sin trauma, y va por la casa despertando a lo que siempre estuvo dormido hasta que él llegó…”

“La salud es un delicado equilibrio de deflagraciones. La cabeza que suena, los ojos que duelen, los ojos que pitan, la garganta que escuece, el vientre que sufre,… Estamos vivos de milagro. Lo científico sería morirse enseguida”. 

“Estoy aquí con mi miedo. Soy un intestino que sangra o un corazón que enrojece de fiebre. La filosofía, el arte, las ideas y la belleza no son sino treguas entre enfermedad y enfermedad. Y las enfermedades no son sino treguas de la muerte”. 

“Dicen que el hombre es muchos hombres, que se desdobla en diversas personalidades. Freud habla, por lo menos, de tres: el yo, el ello, el id, el superyó, no sé. A mí me parece que somos dos: el vivo y el muerto. Lo que pasa es que el muerto no hace acto de presencia hasta cierta edad. Aparece un día con motivo de una enfermedad o de un pésame, y ya se queda para siempre”.

“Esto debe ser, hijo, el ir viviendo, un pasar del sol a la sombra, del calor al frío, del verano al invierno, un irse quedando del lado del invierno, una residencia en noviembre que antes creíamos transitoria y que ahora se va haciendo definitiva.”

La escritura que nos sostiene

“La literatura es la distancia definitiva que perpetuamos entre nosotros y las cosas”.

“La inspiración es la comunicatividad, la transparencia, el acertar a desaparecer entre la escritura y el mundo. Hay días en que se levanta uno transparente, y entonces conviene aprovecharlos para escribir”.

“El libro es sólo el pentagrama del aria que ha de cantar el lector. En el libro no hay nada. Todo lo pongo yo. Leer es crear. Lo activo, lo creativo, es leer, no escribir”. 

“Una obra en marcha pone argumento a los días, eje a las horas. Estructura una conciencia, ayuda a vivir. Lo de menos, al final quizá, sea la obra”. 

“La razón última de una obra en marcha es su continuidad. Rota la continuidad, todas las otras justificaciones fallan… La razón última de este libro es la disciplina que a mí me da, la continuidad que pone en mi vida, ya que todos somos discontinuos, como dice Bataille a otros efectos”.

El precio del sexo

“(…) hombres y mujeres se buscan y desencuentran en el juego cruel, monótono y eterno del crimen sexual. Entre tanto, se tienden puentes sobre el mar o se levantan escaleras hasta la cúpula del aire. Pero lo único cierto es la cloaca sexual que cada noche inunda el mundo”.

“No hemos aprendido la gratuidad de la vida. Cuando aprendamos que la vida es gratuita le perderemos el miedo al sexo“.

“El sexo es la moneda con la que hemos decidido pagar y cobrar la vida. Renunciar al sexo, o mortificarlo, o llenarlo de culpabilidad, es la manera de pagar la vida con sexo. Utilizar el sexo, agotarlo, urgido, es la manera de cobrarse en sexo la vida”.

La sagrada inocencia

“El niño es sagrado. La vida se sacraliza en los niños, tiene su instante celeste y cínico en la carne dorada del hijo. Hay una acumulación de pureza, una aglomeración de tiempo y presente en el cuerpo desnudo del niño, en su vida desnuda, una decantación de la luz y de la palabra, y por eso la vida es sacrílega cuando profana al niño, cuando atenta contra él”. 

“Estoy aquí, transitando la ausencia de un niño, pulsando la soledad, y me siento gigantesco y melancólico, en el mundo menudo que él ha dejado”. 

“A veces necesitaría a Dios para culparle de lo que me pasa, del dolor de mi hijo. Pero eso sería otra forma de fe. Los dioses viven en gran medida de la indignación de los hombres. El dolor humano parece una negación de Dios, pero en realidad es su más firme sustento. Sin el dolor, Dios no sería tan necesario como consuelo, y sobre todo como indignación. La indignación superada, asumida, sublimada, es ya la fe. Yo de momento no he necesitado a Dios para desesperarme. Eso sería un mezquino empleo de Dios. Pero la humanidad no conoce otro”. 

“Tu muerte, hijo, no ha ensombrecido el mundo. Ha sido un apagarse de luz en la luz. Nosotros aquí, ensordecidos de tragedia, heridos de blancura, mortalmente vivos, diciéndote”.

“Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido”. 

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“Hijo, un día vi un pato en el agua. Quería habértelo contado. Hacía sol, estábamos en el campo, y el pato estaba allí, al sol, en el agua. Era blanco y no muy grande, ¿sabes? Nada más eso, hijo. Sé que es importante para ti. Para mí también. Te escribo, hijo, desde otra muerte que no es la tuya. Desde mi propia muerte”.

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